Negro. Así es como lo imagino, en negro. Podría definirlo como inmaterial, vacío. Intento que mi imaginación se adentre en tal realidad efímera, pero no hay barandillas a las que sujetarse, ni peldaños que subir o bajar. Tampoco hay aire, y por ello no puedo imaginarlo más de lo que mis pulmones pueden soportar.
Opaco. Más oscuro y opaco que el tizne áureo del diamante en bruto. En ocasiones, me lo imagino profundo, hondo cual pozo incierto. Hay veces en las que el optimismo de la defensiva mental pretende imaginarlo con luces, pero las luces siempre crean sombras, aquellas que vuelven a llenarlo todo de oscuridad.
La nada. Al final todo se convierte en una nada asfixiante, una nada que desinfla el alma y enaltece la virtud del acabose. Lo incierto se vuelve lógico, y lo lógico es tan negro como la nada. Igual de incierto que los comienzos, tan irracional como de la pureza del raciocinio.
Miedo. El volver al deseo de la tranquila ignorancia se hace innato. La sensación de caer por un precipio despierta los cinco sentidos, los aviva y los enerva hasta el holocausto de la perdición, y los retrae por fortuna a la realidad presente. Todo es tan negro, tan opaco, tan vacío...














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